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Una patria mayor: América en la identidad nacional española

América ha ocupado un lugar central en la identidad española a lo largo de la época contemporánea. Esta relevancia se ha basado, al menos, en dos buenas razones. Por una parte, se trataba de reivindicar un pasado glorioso, el del descubrimiento y la conquista de un continente. Lo más grande que había hecho España en su historia, una epopeya que sirvió para fabricar mitos y héroes perdurables: exploradores, guerreros y religiosos. Frente a las sombras arrojadas por la llamada leyenda negra, que presentaba a los españoles como gentes crueles y codiciosas, un relato de desprendimiento, civilización y mestizaje. Por otra parte, permitía concebir España como la cabeza –la hermana mayor o la madre patria—de una inmensa comunidad unida por la cultura, con una mentalidad marcada por la lengua castellana. “Una patria mayor”, en palabras del político Joaquín Sánchez de Toca. Lo cual compensaba, en términos de autoestima, la débil presencia española en el escenario mundial. Esa entidad tuvo diversos nombres: comenzó siendo la Raza, luego se denominó la Hispanidad y acabó el siglo XX transformada en la Comunidad Iberoamericana de Naciones.

El auge del americanismo español arrancó del cuarto centenario del descubrimiento, en 1892, y culminó con el quinto. En realidad, despegó tras la derrota ante Estados Unidos de 1898: al perder sus últimas posesiones en Ultramar, España comenzó a estrechar lazos con sus excolonias, emancipadas en su mayoría al iniciarse el XIX. A ello contribuyeron varios actores. Como la sociedad civil americanista, que encabezaba la Unión Ibero-Americana y componían múltiples asociaciones en varias ciudades españolas. Abarcaba incluso círculos catalanistas en la Casa de América de Barcelona, fundada en 1911 para velar por los intereses de las empresas transatlánticas catalanas. También influía la actitud hispanófila de muchos gobernantes latinoamericanos, temerosos de la recién nacida potencia estadounidense, que comenzó a intervenir con frecuencia tanto en el Caribe como en Centroamérica. Volverse hacia la madre patria, ahora inofensiva, reforzaba la propia identidad contra el anglosajón.

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Ese clima de entendimiento fue alimentado asimismo por intelectuales y artistas de ambas orillas del océano, que entablaron intercambios sin precedentes. Los peninsulares viajaban a América para mostrar una España nueva, regenerada después del Desastre de 1898 y todavía un referente cultural. Los americanos llegaban a territorio europeo para cantar la historia común e inspirarse en los temas más castizos, en busca del alma española. Un diálogo impulsado por las fiestas centenarias de las independencias americanas, que desde 1909-1910 contaron con España como invitada de honor y que tuvieron su contrapartida en la conmemoración de las Cortes de Cádiz en 1912. Las autoridades de uno y otro lado recogieron estas iniciativas y oficializaron una fecha tan nacionalista como transnacional: la del 12 de octubre, en recuerdo del desembarco en el nuevo mundo de Cristóbal Colón, institucionalizada por el gobierno argentino en 1917 y por el español en 1918. Hito destacado en un calendario hecho de festejos religiosos, la efeméride ha sobrevivido en España a todos los cambios políticos ocurridos desde entonces. En 1987 se convirtió por ley en la fiesta nacional de España.

Al igual que otras vertientes del nacionalismo español, la americana se vio afectada por una fractura fundamental, la que separaba a su versión liberal-democrática de la conservadora y católica. Los liberales solían insistir en el nexo de la lengua, en unas relaciones equilibradas y en un horizonte de progreso lleno de oportunidades económicas y de avances en los derechos ciudadanos. En cambio, los conservadores preferían hablar de evangelización, de los logros históricos y de la preeminencia de España sobre las repúblicas ultramarinas. Durante la mayor parte del Novecientos prevaleció el segundo de esos discursos, adoptado por las dictaduras militares. La del general Primo de Rivera lo escenificó en la Exposición Iberoamericana orquestada en Sevilla en 1929, apoteosis de una España monárquica y confesional arropada por sus hijas. La Segunda República, que recuperó la visión democrática en los años treinta, supuso tan sólo un breve paréntesis.

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La guerra civil de 1936-1939 ensanchó esa fractura. Se dejó sentir entre los emigrantes españoles en América, que habían promovido el acercamiento hispanoamericanista como un modo de fortalecer su posición dentro de los países de acogida y que ahora se dividieron entre republicanos y franquistas. Y terminó por expulsar de España a miles de exiliados que escogieron como destino las ciudades americanas y que hicieron de su identidad nacional una bandera política: debían probar que ellos, no los triunfadores en la contienda, eran los herederos de las mejores tradiciones españolas. En el otro bando, la dictadura de Francisco Franco exaltó las hazañas imperiales y la grandeza de la Hispanidad, un producto histórico forjado por la verdadera fe. Sus relaciones con América matizaban el aislamiento exterior del régimen y le proporcionaban una política alternativa, más grandilocuente que práctica, a través de la Falange o del Instituto de Cultura Hispánica.

La transición a la democracia, a partir de la muerte del dictador en 1975, no sólo no abandonó los afanes americanistas sino que los remodeló y amplió. La monarquía parlamentaria de Juan Carlos I se volcó en varias giras transoceánicas, recuperó el lenguaje liberal-demócrata y puso otra vez en primer plano la lengua que encarnaba mejor que nadie la figura de Miguel de Cervantes. Aunque nunca hubiera pisado las Indias, el escritor había sido consagrado, junto a su obra maestra Don Quijote de la Mancha, como un gran símbolo hispanoamericano. España creó primero el premio Cervantes, una especie de Nobel para la literatura en español, y más tarde el Instituto Cervantes, dedicado a la difusión del idioma. En palabras del mexicano Carlos Fuentes, Iberoamérica es “el territorio de La Mancha”.

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El quinto centenario, en 1992, trajo consigo el despliegue espectacular de un orgullo español asociado a América, a Europa y a la modernidad. La memoria de las viejas gestas fue sustituida por la celebración del “encuentro entre dos mundos” en la Exposición Universal de ese año, de nuevo en Sevilla. España, miembro de las Comunidades Europeas desde 1986, se ofrecía como modelo democrático a los países latinoamericanos y como un embajador de América ante sus socios, un puente intercontinental. Las conferencias iberoamericanas de jefes de estado, inauguradas en 1991 y donde el rey adquirió un cierto prestigio, articularon esa vocación, aderezada por las inversiones de las multinacionales españolas. Los recelos ante ellas, el florecimiento de un indigenismo antihispánico y la crisis económica han hecho retroceder, desde el cambio de siglo, aquel nacionalismo entusiasta. Pero la idea de América aún representa, como lo ha hecho durante más de cien años y tras reinventarse en numerosas ocasiones, un papel protagonista en la identidad nacional española.

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Javier Moreno Luzón
(Universidad Complutense de Madrid)

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