barry-goldwater-campaign-pin

Trump y la tradición republicana

No nos engañemos. Trump volverá a estar metido en nuestras pantallas de televisión en este otoño que se avecina. La gente del resto del mundo – de izquierdas o de derechas, pero gente sensata- volverá a cabecear,  no acabando de entender  cómo alguien tan impresentable opta a liderar el estado más potente –aunque ya no sea lo que solía ser- de nuestro maltratado planeta. ¿Locura temporal, atracción por el abismo tras la etapa tranquila y decente del Presidente Obama, proyección al fin de la malignidad esencial que el capitalismo y el imperialismo han insuflado al americano medio?.

Seguramente la respuesta no es ninguna de ellas ni tan milenarista, sino bastante más previsible para quien quiera echar la vista atrás, a la historia más reciente del partido republicano y del sistema político norteamericano. Este mismo año aparecía un libro del veterano columnista del Washington Post E.J. Dionne Jr.[1], en donde se preguntaba –aún antes de la nominación de Donald J. Trump- qué sucedía con la derecha republicana que se veía incapaz de readaptarse a las necesidades del siglo XXI y que dejaba desatendido un flanco importante –el del conservadurismo moderado- del tradicional juego político del que fuera el más novedoso y radical estado liberal  y democrático del mundo a fines del siglo XVIII. Dionne estaba preocupado por los republicanos moderados, los de Eisenhower, los que apoyaban políticas bipartisan, los que hicieron posible, a pesar del radicalismo  de los discursos iniciales, el desarme y luego una victoria razonable frente a los soviéticos, integrando en este grupo de moderados al escasamente centrista Ronald Reagan, elevado hace tiempo a los altares de lo intocable y objeto de veneración política por todo el arco  político republicano y más allá.  Por ello el autor, frente al Tea Party y la radicalización hacia la extrema derecha de los votantes republicanos (radicalidad antiinmigración, abolición del Obamacare; fin de las subvenciones y a la discriminación positiva a minorías y sectores más débiles) defiende la vuelta a esa teórica moderación que sería la tradición auténtica de los conservadores norteamericanos.

Pero más allá de las laudables  intenciones de Dionne, su libro nos recuerda hasta qué punto la extrema derecha ha ido avanzando posiciones en el seno del G.O.P. hasta hacerle irreconocible; pero sobre todo nos describe muy bien cómo esta tradición radical que tan bien está encarnando ahora Donald Trump tiene unas profundas raíces en la historia reciente americana y también en la más lejana, en la América del siglo XIX, la de la guerra civil y la etapa de la llamada Reconstrucción cuando, como nos contó el maestro Eric Foner en su día[2], se restauró la unidad del país como objetivo fundamental a costa de permitir el mantenimiento de la discriminación de la población negra en los estados del sur  (y no sólo), existiendo de facto una situación de apartheid hasta los años sesenta del siglo XX . La propia cultura política de los Estados Unidos, como la pervivencia –más estética que política- de los valores de los derrotados confederados como los de la auténtica América frente a los yanquis vendidos al gran capital representado en las grandes ciudades del norte y Este, favorece un sentimiento que nunca desparecerá de la sensibilidad de determinados sectores del país, sobre todo blancos y empobrecidos.

trump-goldwater

Para Dionne, la referencia es el fracasado candidato a la Casa Blanca en 1964 por los republicanos,  Barry Goldwater, cuyas ideas, expresadas en su libro The consciusness of a Conservative, adelantaban  algunas de las ideas fuerza del Tea Party o de la Christian Coalition de Newt Gringich en los tiempo de Bill Clinton. En Goldwater nos encontramos con el rechazo al poder federal y la sospecha ante toda acción del gobierno y agencias nacionales, la propuesta de eliminar la seguridad social y de todos los programas de ayuda, la lucha armada contra el comunismo y la condena de todo internacionalismo incluida la ONU entre otras cosas. Ciertamente tampoco Goldwater inventó esas ideas. Hay  toda una tradición  detrás  como la que representa el fundador de la National Review en 1955, William F. Buckley, inspirador infatigable de un rearme moral y político ultraconservador, además de por supuesto toda la ferocidad  maccartista y hasta la muy asentada tradición aislacionista con hitos como el rechazo a la Sociedad de Naciones o el rechazo enfermizo  hacia  F.D. Roosevelt de los que fueron partidarios de no entrar en la Segunda Guerra Mundial. Pero Goldwater es el político que recogerá esta tradición dispersa y con gran debilidad en los años sesenta dentro del aparato de Washington hasta convertirlo en un mantra para los sectores de la América profunda partidarios de una vuelta a los orígenes y un rechazo no tanto a los principios del democracia, sagrados en su afirmación formal, sino sobre a quiénes se aplicaban estos derechos políticos y sociales hasta formular el rechazo a los valores universalistas de la ilustración, como dice Garry Wills,  profesor emérito de historia en la Northwestern University y otro autor clave en las reflexiones sobre las tradiciones políticas y culturales americanas.

Esta oscura amalgama de viejos  factores  se unieron a los nuevos retos de los años sesenta, lo que  llevó a una radicalización de americanos conservadores frente a un sociedad cambiante (derechos civiles), victimizada (Vietnam), desafiada (contracultura),  que se vieron defraudados con la política pragmática que siguió a los discursos radicales y anticomunistas que buscaban el voto de esos sectores, que se sintieron decepcionados. Así sucedió con  Nixon, con Gerald  Ford, con Reagan, con los dos Bush o con candidatos como Bob Dole o John McCain, demasiado centristas y respetuosos con los demócratas y los extranjeros que querían desnaturalizar la nación elegida por Dios , América. Todos ellos eran traidores. Unos más que otros, pero todos habían dejado en el tintero la agenda ultraconservadora o la habían limitado a los discursos, como fue el caso de Reagan.

Esta tradición no es sólo política, como Willis nos ha relatado en algunas de sus obras en donde nos describe las raíces de esa desconfianza hacia el gobierno[3] –recordemos el atentado de Oklahoma-, la identificación con los valores del hombre providencial[4] y que encuentra en el antiintelectualismo y el odio a los valores de la ilustración su base fundamental. Algo que también ha explicado muy bien Richard Hofstader en su seminal trabajo sobre la tradición antiintelectual en la cultura política americana[5]. Sin todo ese background es muy difícil entender el arraigo, el apoyo sólido que cosecha Trump, a pesar de su obscenidad, su fanfarronería, su escasa preparación. Como él dijo muy bien, los  menos educados son los que le votan. Toda una declaración antiilustrada.

El libro de Dionne  y toda la envidiable trayectoria del medio académico americano de análisis de su propia tradición política en clave autocrítica tiene la utilidad de mostrar lo que muchos no quieren ver: que Trump no es ninguna rara avis, ni un fenómeno asemejado al loco Hitler, ni una extraña solidificación del Mal, sino un hombre ansioso de poder y de oportunidades, de fama y aplausos, sin ningún límite, que ha sabido encontrar un nicho tan relevante  en tiempos de incertidumbre e inseguridad de la clase media empobrecida y que sabe qué teclas tocar para remover temas muy asentados en la tradición moral y sentimental de la América profunda. Y todo ello frente a un partido que le teme, desconectado de la realidad de sus bases. Vuelve pues el espíritu de  Goldwater con su  programa radical, simplista, fundamentalista, nacionalista y racista. Y es ese gran cínico de Trump quien lo encarna,  atrayendo a tantos desencantados por el  establishment conservador y que se sienten parte de un mundo –su mundo- que se desmorona. Es la América que se resiste a morir. Veremos.

Referencias
[1] E.J. DIONNE, Jr., Why the right went wrong, Simon &Schuster, New York, 2016.
[2] E. FONER, Reconstrucion. America´s Unfinished revolution, 1863-1877, New York, Harper&Row, 1988.
[3] G.WILLS, A Necessary Evil. A history of American Distrust of Government, Simon &Schuster, New York, 1999.
[4] G. WILLS, John Wayne´s America: The politics of celebrity, Simon&Schuser, New York, 1997.
[5] R. HOFSTADTER, Anti-intellectualism in American Life, Vintage Books, New York, 1962.

Miguel Ángel Ruiz Carnicer (Universidad de Zaragoza)

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *