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Los mitos nacionales de la conquista americana

El descubrimiento y la conquista de América constituyen una fuente inagotable de relatos e imágenes que con los siglos han ido transformando aquel proceso en una auténtica epopeya con sus mitos y héroes. La inmensidad de las tierras americanas y su carácter salvaje e inhóspito, el contacto con la alteridad absoluta que constituían las sociedades indígenas para aquellos europeos, los relatos sobre ciudades de oro escondidas en lo más remoto de aquellos espacios desconocidos y misteriosos, todo contribuyó a forjar representaciones míticas que revistieron el llamado “Nuevo Mundo” de un carácter mágico, objeto de todas las fantasías. La genealogía de esta leyenda americana se remonta a los propios cronistas de Indias, que a partir del siglo XVI describieron cada etapa de la colonización aplicando unos esquemas interpretativos heredados de su tiempo. Pero junto a estas narraciones más cultas, los relatos populares que difundieron a su regreso los marineros, mercaderes, funcionarios y soldados constituyeron la matriz del imaginario colectivo que se creó en la Península en torno a América. La “invención” de América que resultó de ese proceso, como señaló el historiador mexicano Edmundo O’Gorman, fue una construcción historiográfica e ideológica que no solo permitió dominar ese continente sino que contribuyó a crear la mitología necesaria a la realización de la magna empresa.

Desde los primeros aventureros que se lanzaron en expediciones de exploración o colonización hasta la masiva corriente de emigrantes trasatlánticos que fueron a “hacer la América” en los años 1880-1930, el Nuevo Mundo ejerció un poder de atracción capaz de movilizar a generaciones y de alimentar imaginarios que fueron arraigándose en la sociedad española. El estupor y la fascinación que experimentaron las sociedades ibéricas ante aquellos espacios dilatados y vírgenes de todo contacto con Europa, dieron lugar a un “espejismo de las Indias” que siguió funcionando hasta después de la pérdida de las colonias.

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Durante el siglo XIX, España compensó simbólicamente la progresiva disolución de su imperio de ultramar recuperando su pasado colonial como matriz de su grandeza pretérita. El IV Centenario de 1892 hizo del descubrimiento de América un momento fundacional que, junto con la conclusión de la Reconquista, habría sellado la unificación de España en torno a una empresa colectiva cuyo fermento era la religión católica y la expansión imperial. El lema del Plus Ultra, adoptado por Carlos V y actual divisa del Estado español, remite a dicha vocación exterior, subrayando la capacidad española para lanzarse al Mare tenebrosum, ese Atlántico desconocido cuya exploración parecía vedada más allá de las legendarias columnas de Hércules. A partir de 1892 y del “Desastre” colonial del 98, las elites españolistas ―e incluso las catalanistas― se apoderaron del mito americano como elemento estructurante de sus políticas nacionalizadoras, una tendencia que no se desmentiría a lo largo del siglo XX y que contribuyó a nutrir la lectura mitificada del pasado americano mediante monumentos conmemorativos, ritos cívicos y manuales escolares.
En torno al 12 de octubre, celebrado por primera vez en 1892 y convertido en fiesta nacional en 1918, se construyó la mitología del descubrimiento, ocultando la motivación económica de la expedición de Colón en busca del Asia. Desde la leyenda del piloto anónimo que supuestamente inspiraría la preparación de la expedición colombina hasta la protección ofrecida por Isabel de Castilla con el empeño de sus joyas, las narraciones convirtieron aquel hallazgo fortuito de las tierras americanas en el cumplimento necesario de un destino providencial.

Para un país que desde 1825 y más aún 1898 se vio relegado a una condición de potencia de segundo orden, hacer revivir la epopeya americana permitía compensar el orgullo herido y valorar el carácter nacional encarnado por los conquistadores, vistos como pioneros del seiscientos, a imagen de los arrojados pioneers que hicieron Norteamérica en el diecinueve. Con la conquista, América se torna una fábrica de héroes, produciendo sus mitos ―El Dorado, Cíbola y la fiebre del oro― y sus íconos, Hernán Cortés y Francisco Pizarro ―los grandes conquistadores de los imperios azteca e inca― u otras tantas figuras que inspiraron la literatura y el cine (Alvarado, Orellana, Lope de Aguirre, Cabeza de Vaca…). Aquellas trayectorias excepcionales no solo ofrecían una materia épica inspiradora, sino que resaltaban aspectos positivos del carácter español, un genio aventurero, intrépido e idealista que combina el temple guerrero de un Cid con el talante quimérico e irrisorio del Quijote.

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Con el repunte de un nacionalismo vindicativo a partir de la década de 1910 y durante el franquismo, la valoración de aquellas figuras ―junto a la de destacados exploradores como Núñez de Balboa o Elcano― permitió contrarrestar los tópicos atribuidos a la llamada leyenda negra anticolonial, la de unos conquistadores crueles, indisciplinados y movidos por la codicia y la ambición. Esta labor de vindicación histórica dio lugar a una leyenda aúrea que ensalzaba la colonización española como desinteresada, prudente y sabia, como una obra civilizadora y evangelizadora inspirada por la Corona y protagonizada principalmente por los frailes misioneros. Según este esquema que refutaba las acusaciones formuladas contra España por sus rivales europeos, la colonización española se había inspirado en una legislación humanitaria y precursora de los derechos humanos (las Leyes de Indias) y, mediante figuras como Fray Bartolomé de las Casas, habría velado por la protección de los indios. La figura del monje entregado a la misión de educar a los pueblos “inferiores” condujo a mitificar un proceso que en gran parte obedeció a intereses económicos y geopolíticos. Esta perspectiva panegírica inicialmente prosperó entre los historiadores más conservadores que fraguaron el mito de la Hispanidad ―con Ramiro de Maeztu a su cabeza―. Desde este enfoque, la conquista de América se hizo en nombre de la cruz y España realizó con aquella empresa su destino histórico, difundiendo la fe católica por el mundo y volviéndose el “eje espiritual del mundo hispánico”.

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Dicha lectura mitificada de la conquista, que veía en España la madre de la “Raza hispana”, de una familia iberoamericana alumbradora de pueblos, parecía ignorar la reflexión sobre la catástrofe demográfica y cultural que representó la destrucción de las civilizaciones amerindias. Aunque desde la academia se produjo tempranamente un trabajo crítico mucho más equilibrado, este discurso mítico siguió impregnando las representaciones colectivas sobre el pasado colonial en España hasta el V Centenario de 1992. Dicha conmemoración hizo culminar este imaginario eurocéntrico de una España con vocación americana, pero paradójicamente contribuyó a deconstruir este mismo mito, gracias al viento de polémicas que desató desde Latinoamérica y al eco que tuvieron en la prensa y los medios de comunicación.

David Marcilhacy
(Université Paris-Sorbonne)

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