Un pasado volcado hacia el futuro: El V Centenario y el nacionalismo español del PSOE

Durante la década de los ochenta, los signos de identidad democrática de la Nación española reactualizaron, no sin ambigüedad, una serie de referencias históricas, si bien, paradójicamente, dichas referencias fueron vaciadas de su significado profundo y convertidas en mero simulacro del pasado. Por lo tanto, no puede sorprender que los actos de 1992, “el año de España”, en el que el PSOE hizo coincidir estratégicamente los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Exposición Universal de Sevilla y Madrid Capital Cultural Europea, girasen en torno a la conmemoración fastuosa del V Centenario del Descubrimiento de América.

Los socialistas se basaron, una vez más, en la evocación histórica del lejano pasado americano, como ya habían hecho las élites decimonónicas. Unos años antes, en 1987, tras haber abandonado definitivamente la propuesta de convertir el 6 de diciembre, día de la ratificación en referéndum de la Constitución de 1978, en la principal fiesta nacional, el PSOE estableció el 12 de octubre como fecha fundadora de la identidad española.

La UCD había creado en 1981 una Comisión para la Conmemoración del V Centenario. Además, el rey Juan Carlos, como había hecho su abuelo Alfonso XIII en Sevilla en 1929, había manifestado ya en 1976 la importancia de una exposición universal en la que los pueblos iberoamericanos pudiesen presentar al mundo sus valores.

Fundándose el proceso de transición política a la democracia en una profunda movilización de las identidades periféricas y en el estigma del nacionalismo español como legado franquista, los socialistas mantuvieron una actitud de perfil bajo en relación con los símbolos nacionales.  Semejante retórica se mantuvo dentro de límites prudentes por varias razones. En el propio seno del partido socialista no existía una única idea de España, sino que esta era más bien heterogénea.

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El presidente del Gobierno, Felipe González, asumió, por consiguiente, un discurso neopatriótico moderado, el cual, recuperando la tradición de cuño institucionista y regeneracionista, ligaba a España con la modernidad, el europeísmo y la solidaridad interregional simétrica. Dado que el pasado reciente aparecía conflictivo, los socialistas, buscando un consenso social transversal, prefirieron volverse hacia un pasado mítico con la intención de reinterpretarlo bajo el prisma de los principios constitucionales de 1978.

Ya en el último tercio del siglo XIX la corriente progresista del movimiento hispanoamericanista había teorizado acerca de una regeneración de España que debía pasar por su proyección exterior, en particular a través de sus vínculos con la América hispánica. También en parte del pensamiento de los republicanos exiliados en América se habían originado reflexiones en esa dirección.

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El PSOE no inventó nada nuevo; por el contrario, basó su proyecto identitario en una noción liberal de Hispanidad: la construcción de una comunidad de naciones hispánicas debería ser beneficiosa para todos los miembros y no apoyarse en nociones de raza o religión, sino en la lengua y la cultura comunes. Uno de los productos del V Centenario fue, de hecho, la creación en 1991 de la red de centros del Instituto Cervantes, así como la Casa de América, un consorcio público que insistía en la divulgación de la cultura hispánica.

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Es importante añadir que los actos de conmemoración de 1492 se vieron particularmente favorecidos por los intereses diplomáticos y económicos de los socialistas que buscaron reforzar la integración atlántica, haciendo de España el puente entre Europa y América. El V Centenario sirvió también para instituir las Cumbres Iberoamericanas y, en paralelo, se intentó dar un mayor protagonismo a la participación española en Naciones Unidas a través de programas de pacificación y cooperación en Nicaragua y El Salvador  (ONUCA, 1989).

El nuevo nacionalismo español debía exportar con orgullo a América Latina y al mundo entero el modelo de democratización puesto en marcha a partir de 1975, una transición convertida en el relato de un éxito sin precedentes capaz de subvertir la Leyenda Negra que había tiznado la imagen nacional durante siglos. Esto parecía, por otra parte, aún más estratégico en un momento en el que los focos recaían dramáticamente sobre el PSOE a causa de numerosos casos de corrupción  (de Filesa a Ibercorp).

Con el final de la Guerra Fría, en fin, la construcción de una Comunidad Iberoamericana venía a representar un modelo futuro de intercambio cultural entre el Norte y el Sur del mundo. De hecho, los procesos de nation-building de finales del siglo XX tuvieron que reorientar su retórica en virtud de los nuevos retos que proponían la globalización, la migración y la autonomía local.

El V Centenario trató de esbozar, de hecho, una idea transnacional de España. Por ejemplo, la Expo de Sevilla se basó en una idea casi obsesiva de red y comunicación, visible en la constante presencia de pantallas, la exhibición de los primeros modelos de telefonía móvil y la construcción de la línea ferroviaria de Alta Velocidad entre Sevilla y Madrid.

Dicho lo cual, lo que resulta sorprendente es el hecho de que, en la Expo, la historia de España fuese finalmente ocultada.  Ni siquiera se erigió un busto en recuerdo de Cristóbal Colón en la isla de la Cartuja. Ciertamente se recordaron de forma individual figuras concretas, caso de Cervantes o Fray Bartolomé de las Casas. Sin embargo, en conjunto, el vacío histórico dominó un evento que se valió del pasado para proyectarse desmemoriadamente hacia el futuro y exaltar de forma espectacular la modernidad de los instrumentos de comunicación entre países, como quedó de manifiesto, por ejemplo, con la reconstrucción de las carabelas de Colón.

Esta vez fueron los dirigentes socialistas quienes desearon reactualizar aquel momento considerado glorioso de unificación y reconciliación bajo una única Corona de los reinos españoles; momento interpretado, además, simultáneamente como fruto de la curiosidad renacentista de una Europa respecto a la cual España quería presentarse como parte integrante. Se hizo especial énfasis, por eso mismo, en la obra civil española realizada en el continente americano, se condenó la expulsión de los judíos y se confirmó la centralidad de la cultura árabe para el país (Programma Sefarad 92 y Al-Andalus): paradójicamente, alterando la realidad histórica, 1492 fue interpretado por el PSOE como el culmen de una España sincrética y mestiza, cuya proyección americana no era sino un reflejo ulterior en clave global.

Giulia Quaggio
(Universidad de Sheffield)

Las identidades nacionales del exilio republicano en América

La llegada a América representó una segunda oportunidad para los exiliados republicanos derrotados en la guerra civil española. Sin duda, hablar de toda América es un exceso en un texto tan breve, en la medida en que los exilios fueron muy diferentes, sobre todo si atendemos a los diversos contextos existentes en los distintos países de acogida y refugio. En todo caso, debemos pensar en identidades múltiples, donde factores ideológicos, sociales, regionales y culturales, representaron un papel fundamental a lo largo de los años de exilio. A pesar de esto, lo cierto es que América fue una esperanza para los exiliados en los primeros tiempos. Atrás dejaban los campos de concentración franceses y el horror de un conflicto que marcó sus vidas para siempre. Max Aub, probablemente el intelectual más lúcido del exilio, reflexionó sobre el papel crucial de la Guerra en sus vidas, sobre cómo ésta había marcado el destino de varias generaciones de españoles y cómo había transformado sus trayectorias vitales.

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La vivencia del exilio conlleva inevitablemente la realización de un ejercicio introspectivo de cuestionamiento en torno a la identidad individual y también colectiva de quien lo padece. En el caso de los exiliados republicanos de 1939 que llegaron a América fueron varios los frentes que estuvieron presentes en ese sentido, algunos asociados a sus problemas de origen, otros vinculados con la necesidad de presentarse ante las sociedades de acogida. Los exiliados españoles necesitaban cumplir dos funciones básicas de carácter identitario desde la llegada a los países de destino; explicarse a sí mismos por qué estaban allí y presentarse ante las sociedades de acogida, evitando ser una oleada más de españoles en América, con los mismos intereses e intenciones que sus predecesores. Todo ello, en un continente del que la mayoría apenas tenía referencias precisas.

En primer lugar, los exiliados realizaron una afirmación de españolidad, frente a las acusaciones vertidas por el franquismo que los calificaba de representar la “antiEspaña”. Ellos, los exiliados, eran los verdaderos representantes de España, legitimados por el sufragio universal y desplazados de su lugar de origen por una conjunción de fuerzas reaccionarias y potencias extranjeras nazifascistas. En segundo lugar, su presencia en América distaba mucho de formar parte de la larga tradición española en el continente. Los exiliados no iban ni a conquistar, ni a explotar a los americanos, sino que iban a encontrarse con ellos, a conocerlos mejor, a hermanarse culturalmente y poner la fuerza de su trabajo y su intelecto al servicio de esos pueblos. Este es, sin duda, un tema relevante que, bien desde los discursos académicos, bien desde los discursos políticos, los exiliados españoles trataron de dejar claro desde el principio: esa notable diferencia con sus antepasados en América. Asociada a esta cuestión, surge un tercer elemento a la hora de analizar el proceso de construcción de una identidad propia, en un ambiente de profunda división interna, donde los exiliados que llegaban a América procedían de horizontes políticos, culturales e ideológicos diversos y enfrentados. Ideas como el “transtierro”, acuñada por José Gaos, trataban de consagrar una visión optimista del exilio, que reivindicaba una cierta continuidad en América de las vidas segadas en España. La estancia en América no podía ser interpretada como un destierro, sino como una segunda oportunidad en un contexto en el que los españoles podían continuar desarrollándose vital y profesionalmente. Con independencia de que este intento fuese un elemento acertado e incluyente para todo el colectivo, lo cierto es que se convirtió en un elemento recurrente, repetido hasta la saciedad y no solo en México sino en otros lugares del continente americano. La afirmación de la posibilidad de compaginar una visión radicalmente diferente de España, incluso del modo de relacionarse con América, desde la defensa de una españolidad a ultranza, fue uno de los signos compartidos de forma nítida.

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(Niños republicanos exiliados)

Una vez definida, muy a grandes rasgos, esta identidad común de los españoles en América y el modo de presentarse ante las sociedades de acogida, es necesario atender a factores internos para entender su diversidad. En primer lugar, no todos los exiliados españoles de 1939 provenían de un mismo horizonte ideológico, ni compartían la lectura de lo ocurrido en España. La pluralidad de proyectos nacionales existentes dentro del exilio, incompatibles entre sí, mantuvieron una pugna por la hegemonía dentro del colectivo que, con altibajos, estuvo presente durante todo el periodo. En segundo lugar, la heterogénea composición social del exilio jugó un papel determinante a la hora de establecer grupos y espacios de relaciones muy diversas, en ocasiones confrontados, no pocas veces con nula interacción entre sí. Un tercer elemento que debemos tener en cuenta es la coexistencia de identidades nacionales asociadas a Cataluña, Euskadi y Galicia, que tuvieron desarrollos y espacios de sociabilidad propios con una fuerte presencia. Junto a estos, la variable regional también estuvo presente, siendo un elemento de acercamiento con las antiguas colonias de emigrantes.

Con el paso del tiempo y, sobre todo, con la pérdida de la esperanza de un pronto regreso a España a partir de mediados de los años cuarenta del siglo pasado, los exiliados tuvieron que afrontar la necesidad de transmitir ideas e imágenes de España a sus descendientes. Cómo debían relacionarse con los países de acogida, en ocasiones ya países de nacimiento, sin perder de vista España representaba un difícil equilibrio, resuelto de forma diferente en cada hogar de exiliados.

A largo plazo, América salió reforzada en importancia dentro de los discursos exiliados. Fueron muchos los que, soñando con el regreso de la democracia a España, plantearon la necesidad de entablar un nuevo marco de relaciones con el mundo latinoamericano. Bien desde propuestas federales o confederales, América debía formar parte de las prioridades de España, no solo como parte de la política exterior, sino como algo más profundo: una esfera de hermanamiento entre ambos lados del Atlántico marcados por una historia y una cultura común y diversa.

Jorge de Hoyos Puente
Universidad Nacional de Educación a Distancia

Idea y memoria de las Españas en la emigración

La nostalgia es una cualidad inherente al emigrante, para quien el país de origen es un recuerdo idealizado. En él confluye la memoria de la propia infancia, la familia y la comunidad, con una idea recibida y transportada de la nación de pertenencia. Con el tiempo, esa representación se torna híbrida, una mezcla de imágenes del pasado y de proyecciones de las vivencias del presente. La comunidad de origen puede tener además perfiles difusos. Muchos campesinos apenas habían conocido algo más que su entorno social y territorial más próximo; su representación de la comunidad de referencia podía ceñirse a un grupo etnocultural o una comunidad local. En la patria del emigrante convivían lo arcaico con lo exótico, los materiales culturales construidos en la diáspora con los trasplantados, y la virtud con la necesidad de prestigiarse ante la sociedad de recepción.

Entre los expatriados liberales del siglo XIX se gestó una idea de España acorde con los modelos políticos que pudieron contemplar de cerca. Una España quizás con rey, pero con constituciones y usos liberales, sin tipismos ni privilegios. También los había que proyectaban ejemplos entre los legitimismos europeos, desde los carlistas a los numerosos clérigos que España también exportó a Extremo Oriente, Europa y América.

La otra España peregrina era la representada por los emigrantes económicos que, a miles, salieron del país desde mediados del XIX con destino sobre todo a las urbes latinoamericanas. Entre ellos, expatriados republicanos que tras 1873 tomaron el camino de París o Buenos Aires y se convirtieron en líderes étnicos, que modulaban los proyectos identitarios del colectivo de emigrantes y elaboraban la imagen de la(s) patria(s) de origen en la distancia. Su huella se apreciaba en periódicos, asociaciones y fiestas. Se arrogaron además la función de mejores intérpretes y redentores de los males de la patria, espoleados por la experiencia migratoria y por la reacción ante la difusa pero persistente hispanofobia de varias sociedades receptoras, como se manifestó durante los años del conflicto cubano (1895-98).

Semejantes principios fueron compartidos por nuevos expatriados finiseculares, como los promotores de la primera Liga Republicana Española en la Argentina (1903), modelo extendido a otros países. Todos ellos estaban influidos por el regeneracionismo hispanoamericanista; consideraban la educación como la savia vivificadora y redentora del cuerpo de la nación, y promovían una reconquista de la influencia española en América en clave cultural y económica. Fueron buena expresión de ello campañas como la proclamación del doce de octubre como Día de la Raza (1917), o la eliminación de estrofas antihispánicas del himno argentino.

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Igualmente, entre las colectividades españolas de América, con especial incidencia en gallegos y asturianos, se registraron múltiples iniciativas tendentes a reformar y articular la sociedad civil desde abajo en sus terruños, sufragando escuelas u obras benéficas y culturales, pero también recaudando fondos para los sindicatos agrícolas de sus parroquias de origen. En los miles de fiestas celebradas en el Río de la Plata o Brooklyn, la nostalgia del terruño se mezclaba con el anhelo de regeneración, el pasodoble con el foxtrot, y Muñoz Seca con el sainete criollo. Se respiraba en ellas un aire de redención de la patria de origen. Para muchos, como el periodista asturiano Constantino Suárez Españolito (1924), era un “patriotismo lugareño”, además de “feo, pequeño”; sin embargo, era efectivo. El txistu y la gaita discutían sobre quién representaba mejor la españolidad en la ausencia, como recreaba el escritor F. Grandmontagne en 1899. Ni siquiera los anarquistas españoles de Buenos Aires, pese a su internacionalismo, dejaban de adherirse a una patria cuya forma de gobierno detestaban.

Otros patriotismos hicieron también su aparición entre los emigrantes, acusando en parte el influjo de la latente hispanofobia de los nacionalismos latinoamericanos. El nacionalismo vasco comenzó a trasplantarse y a ganar adeptos entre los emigrantes en América desde principios del siglo XX. El catalanismo también ganó adeptos entre los catalanes de Francia y América, quienes durante la dictadura de Primo de Rivera sostuvieron las iniciativas insurreccionales de Francesc Macià. En La Habana se elaboró en 1928 la primera Constitución para una República catalana. También el galleguismo alcanzó una proyección notable entre los numerosos gallegos de América antes de 1936. Y en Venezuela, a fines del siglo XIX, Secundino Delgado había soñado con la independencia de Canarias.

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Participantes en la confección de la primera Constitución para una República Catalana, en La Habana en 1928.

Si el advenimiento de la II República supuso para amplios sectores de las colectividades emigrantes una nueva imagen del país de origen, la Guerra Civil de 1936-39 trajo una escisión en los imaginarios ausentes sobre España. Así se reflejó en las divisiones en las asociaciones emigrantes entre prorrepublicanos y profranquistas, pero también en las peleas de café porteñas. Los exiliados en Francia, Mexico o Argentina se convirtieron en testigos de la memoria de una España republicana que aunaba modernidad, pluralidad etnocultural y justicia social. Mas esos postulados también fueron asumidos por miles de emigrantes económicos, entre ellos muchos descontentos con la situación sociopolítica de España, que se habían movilizado a favor de la República en 1936, o que tras 1946 encontraron en la emigración una salida a su malestar político y social. Revistas y ateneos, agrupaciones y círculos se fundieron con las iniciativas para dotar a las entidades de emigrantes de un significado democrático, que se fundía eclécticamente con la nostalgia patriotera de pasodobles y tonadillas. Los nuevos emigrantes que trabajaron en Europa occidental también experimentaron el Estado del Bienestar, el pluralismo político y sindical y la tolerancia. Ese aprendizaje también contribuyó a moldear la imagen de las Españas que querían a su vuelta.

Tras 1975, esa idea de España siguió presente entre los expatriados. Era tarde para que la mayoría de los exiliados retornasen. No lo fue para que lo hiciesen de modo paulatino numerosos económicos. Algo de las antiguas Españas transterradas permaneció en el interés de una parte significativa de ellos y sus descendientes por la política española, gracias a la participación electoral. Mas, pese a la globalización, la idea de las Españas en la emigración no siempre era y es igual a la que tienen los ciudadanos residentes en el país.

Xosé M. Núñez Seixas
(Ludwig-Maximilians-Universität, Múnich)

El exilio republicano en el fin del mundo

En aquel “puerto loco” en cuyo pecho están tatuadas “la lucha/la esperanza,/la solidaridad/ y la alegría/ como anclas/ que resisten/ las olas de la tierra” -en aquel disparate al que Pablo Neruda llamó Valparaíso-, atracó un 3 de septiembre de 1939 un barco con nombre alado, como el poeta también apuntó, que transportaba a los más de 2000 republicanos que habían conseguido salir de Francia para comenzar una nueva vida en el fin del mundo, allí donde se decía que estaba un país angosto e ignoto llamado Chile. La expedición del Winnipeg -palabra alada- fue puesta en marcha gracias al compromiso del gobierno chileno y a las gestiones de Pablo Neruda, Cónsul Especial para la Inmigración Española, delegado en París, una hazaña cuya importancia ha alcanzado una dimensión mítica que, como indica Francisco Caudet (2002), está plenamente justificada debido a los numerosos obstáculos que tuvieron que afrontar durante su gestión.

Si bien hacia 1938, cuando Pedro Aguirre Cerda llegó al poder con el Frente Popular, aumentó la presencia pública de los republicanos españoles que vivían en Chile y se estrecharon los lazos con el equivalente gobierno español, la decisión humanitaria de traer al país andino a centenares de exiliados fue abiertamente rechazada por la derecha chilena que, apoyada por el sector franquista de la colectividad de españoles asentada en Chile -que había adoptado poder tras la guerra civil gracias al respaldo de la Embajada-, y por los diarios santiaguinos más conservadores como El Mercurio, El diario ilustrado o El Imparcial, presionó incesantemente al gobierno de Aguirre Cerda para derribar la política de asilo de los refugiados desde las primeras negociaciones de Pablo Neruda con la creación del Comité Chileno de Ayuda a los Refugiados Españoles (CChARE). El alto coste que supondría para el gobierno la acogida de los inmigrantes o la invasión del país por los comunistas eran sus principales argumentos, apenas fundamentados, ya que, entre otras cuestiones, el viaje del Winnipeg fue financiado principalmente por el Servicio de Emigración de los Republicanos Españoles (SERE) y por la Federación de Organizaciones Argentinas pro Refugiados Españoles (FOARE).

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La campaña que desplegó el gobierno del Frente Popular de Pedro Aguirre Cerda se centró en valorar la mano de obra española considerándola un factor determinante para el desarrollo del país, lo que avivó la solidaridad del pueblo chileno. En efecto, esa mano de obra llegó a Chile a bordo del Winnipeg, hasta el punto de que historiadores como Dora Schwarzatein (2001) han señalado que la emigración republicana en Chile fue la de menor número de intelectuales de toda América al estar caracterizada por una alta proporción de artesanos y obreros repartidos en fábricas, compañías pesqueras, puertos, etc. Pero esto no quiere decir que la contribución republicana intelectual careciera de influencia, al contrario, fue determinante para el desarrollo de algunos ámbitos de la cultura chilena. La cálida acogida que recibieron periodistas, críticos, escritores, pintores, directores teatrales, actores, músicos, dramaturgos y escenógrafos españoles propició que sus trayectorias profesionales se vieran continuadas durante su exilio con éxito, ya que en Chile, como ha indicado Caudet (1997), no se produce una desconexión de los exiliados con respecto a la realidad de sus países de acogida, causa del “efecto distorsionador de la realidad”; esto no ocurre no solo por el tenaz empeño de integración por ambas partes, sino también porque los exiliados supieron orientar sus intereses tanto hacia la producción cultural española como hacia la americana, imbricándolas, en ocasiones.

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Portada de Proyecciones árabes de la poesía castellana (1954) de Vicente Mengod, editada por el Instituto Chileno-Árabe de Chile, y La creación musical en Chile. 1900-1951 (1952) de Vicente Salas Viu, por Ediciones de la Universidad de Chile.

Durante la década de los cuarenta y cincuenta, algunos exiliados ya formaban parte de la vida pública santiaguina; las principales cabeceras chilenas solían mostrar interés por su quehacer profesional, con motivo de la publicación de un libro, la impartición de conferencias, exposiciones artísticas o estrenos teatrales. Pero no todos ellos habían llegado a Chile en el Winnipeg. Por ejemplo, Margarita Xirgu, cuando en 1941 había sido condenada por el Tribunal de Responsabilidades Políticas del gobierno de Franco “al extrañamiento a perpetuidad”, estaba radicada en Santiago de Chile con su marido Miguel Ortín, actor y administrador de su compañía. La intensa gira por América que la llevó a recorrer, desde inicios de 1936, los escenarios de Cuba, México, Colombia, Perú, Argentina, Uruguay y Chile, marcada por el sufrimiento y la incertidumbre de una guerra y por el asesinato de Federico García Lorca, se convirtió en una gira sin retorno. Su última temporada tuvo lugar en Santiago de Chile a finales de 1939, donde, fatigada y enferma, busca reposo. Será Santiago la capital que, un año después, la verá renacer como fundadora de la Escuela de Arte Dramático y, cuando recobra las fuerzas suficientes para reunir a su elenco de profesionales exiliados, como directora de su propia compañía, lo que la llevará a emprender “la gira del exilio” (1944-1946) a lo largo de Sudamérica . El éxito de la Compañía de Margarita Xirgu en los escenarios santiaguinos desde la creación de la Escuela vino determinado por el afán de su directora por crear repertorios en los que aunaba teatro español y chileno, lo que garantizaba una positiva recepción del público santiaguino, y por el apoyo incondicional de grandes profesionales como Edmundo Barbero, profesor de arte dramático y primer galán de la compañía, y del escenógrafo Santiago Ontañón. Estos, junto a otros intelectuales como Antonio Aparicio (1916-2000), que durante el breve período de tiempo que permaneció en Chile publicó Cuando Europa moría o doce años de terror (1946), Antonio de Lezama (1988-1971), quien trabajará como profesor de Historia del Teatro en la Escuela de Margarita Xirgu y como colaborador en medios como La Hora, y Pablo de la Fuente (1906-1976), de cuya producción literaria en el exilio destaca la novela El retorno (1969), formaron parte del grupo de los diecisiete asilados en la Embajada chilena de España tras la victoria del franquismo que, de noviembre de 1939 a junio de 1940, crearon el periódico El Cometa y de la revista antifascista Luna. A su llegada a Santiago, Pablo de la Fuente y su mujer Herminia Yáñez fundaron el Café Miraflores, el emblemático espacio de reunión de españoles republicanos.

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Arturo Soriano y Salvador Allende, caricaturas de Antonio Rodríguez Romera. (Archivo digital Memoria Chilena).

Otro grupo de intelectuales instalados en Santiago cruzó el Atlántico en el buque Formosa y declinó el ofrecimiento de instalarse en Argentina porque ya habían pactado con el gobierno chileno su compromiso de ingreso en Chile, a donde llegaron a través del Ferrocarril Transandino. De entre ellos, destacan Vicente Mengod (1908-1993) que, además de trabajar como crítico en El Mercurio, Las Últimas Noticias y la revista Atenea de la Universidad de Concepción, focalizó sus intereses académicos en la pedagogía -Los temas esenciales de la pedagodía contemporánea (1957)-, y fue uno de los primeros arabistas del país -Proyecciones árabes de la poesía castellana (1957), Situaciones del mundo árabe (1971)-; Eleazar Huerta (1903-1974), poeta, columnista en Las Últimas Noticias, crítico de Atenea, Boletín de Filología de la Universidad de Chile y Estudios Filológicos de la Universidad Austral de Chile, y autor de estudios como Poética del Mio Cid (1948), Esquema de poética (1969) o Indagaciones épicas: la maravilla época y su forma reveladora en la Ilíada (1969), y Antonio Rodríguez Romera (1908-1975), cuya labor como crítico de teatro y arte, además de caricaturista, en La Nación, Las Últimas Noticias, El Mercurio, Zig-Zag, Atenea, etc. y creador de obras clave como Historia de la pintura chilena (1951), le ha otorgado un lugar señero en la historiografía del arte chilena. Otro caso es el del filósofo Cástor Narvarte (1915-1999), que llegó a América en el barco inglés Órbita. Narvarte desarrolló una carrera investigadora y docente en Chile cuyos frutos se ven recogidos en títulos como La doctrina del bien en la filosofía de Platón (1972), Problemas de método y teoría (1981) o Nihilismo y violencia (1982).También, el de Magdalena Lozano (1910), que viaja con su familia a bordo del Masilia, una artista cuya obra pictórica, creada y desarrollada en el exilio, es testimonio de su doble identidad española y latinoamericana.

Los que arribaron a Chile en el Winnipeg conformaban, no obstante, un grupo muy ecléctico. Por una parte, encontramos intelectuales respaldados por una sólida trayectoria profesional como el musicólogo Vicente Salas Viu (1911-1967), acogido por la Universidad de Chile al poco tiempo de llegar al país, fundador de la Revista Musical Chilena; el pintor José Machado (1979-1958), que publica en Santiago sus Últimas soledades del poeta Antonio Machado (Recuerdos de su hermano José) (1958), o el periodista Isidoro Corbinos (1894), que renovó el periodismo deportivo en Chile. Por otra, están aquellos exiliados jovencísimos cuyas carreras comenzaron en el exilio mismo, lo que determina que su mirada creadora o sus intereses intelectuales sean más cercanos a la realidad chilena que a la “España peregrina”. Por ejemplo, la mayor parte de los títulos que nutren la obra del historiador Leopoldo Castedo (1915- 1999), que llega a Chile con apenas veinticuatro años, contribuyen a reconstruir la historiografía americana y chilena: Resumen de la historia de Chile (1891-1925) (1982), América (1991), Fundamentos culturales de la integración latinoamericana (1999), etc.; la propuesta dramática de José Ricardo Morales (1915-2016), el último dramaturgo del exilio, que falleció el pasado 17 de febrero a los cien años, desvela a un autor cuya mirada no se detiene en Chile o en España específicamente, sino que suscita temas tan universales que se enmarcan en un discurso de carácter transnacional; la integración a las corrientes artísticas contemporáneas chilenas y su carácter crítico han hecho de José Balmes (1927 – 2016) -que por su compromiso político se vio abocado al exilio durante la dictadura pinochetista-, y Roser Bru (1923), siempre distanciada de los cánones, dos de los artistas más influyentes del arte nacional chileno, galardonados con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1999 y 2015, respectivamente.

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Roser Bru, 2015 (The Clinic Online) / José Ricardo Morales el día de su 100 cumpleaños, 3 de noviembre de 2015 (Archivo personal de Yasmina Yousfi)

La doble mirada simultánea hacia España y Chile, que marcó las trayectorias profesionales de muchos de estos exiliados, fue una estrategia nacida, principalmente, de un sentimiento de gratitud. Como explicaba José Ricardo Morales (2012) “la primera responsabilidad que atañe al desterrado consisten en ponderar –que es pesar- cuánto le debe a la comunidad que le amparó, para brindarle su desprendida retribución”, así, “al dar origen en el país adoptivo a diferentes actividades o conocimientos, de los que carecía, pudimos hacer de él nuestra nación, no por haber nacido en su territorio, sino por haber hecho nacer en este cuanto pudimos y le debíamos”. Proyectos como la creación del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, cuyo programa inaugural propuesto por José Ricardo Morales se nutría de obras reresentadas por el Teatro El Búho –Ligazón de Valle Inclán y La guarda cuidadosa de Cervantes-, que dirigió Max Aub en Valencia durante la República y del que este dramaturgo formó parte, o la editorial Cruz del Sur, creada por Arturo Soria y Espinosa (1907-1980), que no solo contaba con colecciones dirigidas por españoles, como Tierra firme o Razón y vida de José Ferrater Mora y La fuente escondida y Divinas palabras a cargo de Morales, sino también con Colección de Autores Chilenos y Nueva Colección de Autores Chilenos, dirigidas por intelectuales chilenos como Manuel Rojas y José Santos González Vera, respectivamente, gozaron de un considerable impacto. Aunque también existieron medios dirigidos explícitamente al público español exiliado -como es el caso de publicaciones periódicas como España libre, el vocero quincenal de resistencia antifascista en el que trabajaron Vicente Mengod, Antonio Rodríguez Romera, Pablo de la Fuente, Vicente Salas Viu, Eleazar Huerta, que contó con eventuales colaboraciones de Rodrigo Soriano o José Ferrater Mora -, estas empresas adoptaron en Chile un carácter transnacional, ya que aunaban debates que traspasaban las fronteras de España, abordando tanto un panorama local, chileno, como continental, americano y europeo.

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“Nosotros tantos (homenaje a Juan Emar)” (2011), obra de José Balmes y Gracia Barrios.

La investigación del exilio republicano en el fin del mundo, aquel lugar al que el Winnipeg se dirigía, es un tema que contiene aún aristas por estudiar y que merece ser abordado desde enfoques metodológicos que subrayen la heterogeneidad del fenómeno del exilio cultural -prácticas, ámbitos de actuación, impacto, recepción, etc.- para detener “el sempiterno baile de los que sobran”, como señala Beatriz Lorenzo Gómez de la Serna en La emigración española a Chile (2008), aludiendo a la icónica canción de Los Prisioneros que hacía retumbar las paredes del pinochetismo. Algunos de sus protagonistas, como es el caso de José Ricardo Morales, cuya obra excepcional fue ninguneada por el discurso historiográfico construido durante el franquismo, afortunadamente comienza a suscitar el interés de la crítica y de las tablas (Ahumada, Aznar, Doménech, Godoy, Monleón, Ortego, Valdivia, etc.); otros, solo reciben homenajes desde un lado del Atlántico, el americano, como es el caso de Roser Bru -el último, organizado por el Centro Cultural de España en Chile con la participación de la artista valenciana Paula Bonet-; algunos, como un guiño fantasmal, aparecen en la gran pantalla, como ocurre con la excepcional figura de Víctor Pey -intelectual centenario que aún lleva las amarras del periódico chileno El Clarín- en la magistral Neruda (2016) de Pablo Larraín, cuyo peso en el relato obliga inevitablemente al espectador a preguntarse qué diantres hace un español entre tanto chileno.

La mayor parte de los intelectuales citados en este texto, hecho de pinceladas demasiado rápidas, publicaron su obra en Chile; pocos tienen la suerte de contar con alguna reedición española, por lo que es muy difícil leerlos y estudiarlos hoy en España. Más penosa es la situación de los periodistas –con algunas excepciones como Ramón Suárez Picallo (1889-1964)-, cuya obra, sin la necesaria recuperación hemerográfica -un trabajo de largas horas en los sótanos de la Biblioteca Nacional de Chile- jamás podrá salir a la luz. Solía decir José Ricardo Morales desde la casa chilena de su destierro, que “sin el debido conocimiento de la obra efectuada no cabe reconocimiento de ninguna especie”. El quid de esta cuestión no es otro que aceptar que “el fin del mundo” de todos ellos coincide con el comienzo del nuestro.

Yasmina Yousfi López
GEXEL-CEFID-Universitat Autònoma de Barcelona

Los mitos nacionales de la conquista americana

El descubrimiento y la conquista de América constituyen una fuente inagotable de relatos e imágenes que con los siglos han ido transformando aquel proceso en una auténtica epopeya con sus mitos y héroes. La inmensidad de las tierras americanas y su carácter salvaje e inhóspito, el contacto con la alteridad absoluta que constituían las sociedades indígenas para aquellos europeos, los relatos sobre ciudades de oro escondidas en lo más remoto de aquellos espacios desconocidos y misteriosos, todo contribuyó a forjar representaciones míticas que revistieron el llamado “Nuevo Mundo” de un carácter mágico, objeto de todas las fantasías. La genealogía de esta leyenda americana se remonta a los propios cronistas de Indias, que a partir del siglo XVI describieron cada etapa de la colonización aplicando unos esquemas interpretativos heredados de su tiempo. Pero junto a estas narraciones más cultas, los relatos populares que difundieron a su regreso los marineros, mercaderes, funcionarios y soldados constituyeron la matriz del imaginario colectivo que se creó en la Península en torno a América. La “invención” de América que resultó de ese proceso, como señaló el historiador mexicano Edmundo O’Gorman, fue una construcción historiográfica e ideológica que no solo permitió dominar ese continente sino que contribuyó a crear la mitología necesaria a la realización de la magna empresa.

Desde los primeros aventureros que se lanzaron en expediciones de exploración o colonización hasta la masiva corriente de emigrantes trasatlánticos que fueron a “hacer la América” en los años 1880-1930, el Nuevo Mundo ejerció un poder de atracción capaz de movilizar a generaciones y de alimentar imaginarios que fueron arraigándose en la sociedad española. El estupor y la fascinación que experimentaron las sociedades ibéricas ante aquellos espacios dilatados y vírgenes de todo contacto con Europa, dieron lugar a un “espejismo de las Indias” que siguió funcionando hasta después de la pérdida de las colonias.

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Durante el siglo XIX, España compensó simbólicamente la progresiva disolución de su imperio de ultramar recuperando su pasado colonial como matriz de su grandeza pretérita. El IV Centenario de 1892 hizo del descubrimiento de América un momento fundacional que, junto con la conclusión de la Reconquista, habría sellado la unificación de España en torno a una empresa colectiva cuyo fermento era la religión católica y la expansión imperial. El lema del Plus Ultra, adoptado por Carlos V y actual divisa del Estado español, remite a dicha vocación exterior, subrayando la capacidad española para lanzarse al Mare tenebrosum, ese Atlántico desconocido cuya exploración parecía vedada más allá de las legendarias columnas de Hércules. A partir de 1892 y del “Desastre” colonial del 98, las elites españolistas ―e incluso las catalanistas― se apoderaron del mito americano como elemento estructurante de sus políticas nacionalizadoras, una tendencia que no se desmentiría a lo largo del siglo XX y que contribuyó a nutrir la lectura mitificada del pasado americano mediante monumentos conmemorativos, ritos cívicos y manuales escolares.
En torno al 12 de octubre, celebrado por primera vez en 1892 y convertido en fiesta nacional en 1918, se construyó la mitología del descubrimiento, ocultando la motivación económica de la expedición de Colón en busca del Asia. Desde la leyenda del piloto anónimo que supuestamente inspiraría la preparación de la expedición colombina hasta la protección ofrecida por Isabel de Castilla con el empeño de sus joyas, las narraciones convirtieron aquel hallazgo fortuito de las tierras americanas en el cumplimento necesario de un destino providencial.

Para un país que desde 1825 y más aún 1898 se vio relegado a una condición de potencia de segundo orden, hacer revivir la epopeya americana permitía compensar el orgullo herido y valorar el carácter nacional encarnado por los conquistadores, vistos como pioneros del seiscientos, a imagen de los arrojados pioneers que hicieron Norteamérica en el diecinueve. Con la conquista, América se torna una fábrica de héroes, produciendo sus mitos ―El Dorado, Cíbola y la fiebre del oro― y sus íconos, Hernán Cortés y Francisco Pizarro ―los grandes conquistadores de los imperios azteca e inca― u otras tantas figuras que inspiraron la literatura y el cine (Alvarado, Orellana, Lope de Aguirre, Cabeza de Vaca…). Aquellas trayectorias excepcionales no solo ofrecían una materia épica inspiradora, sino que resaltaban aspectos positivos del carácter español, un genio aventurero, intrépido e idealista que combina el temple guerrero de un Cid con el talante quimérico e irrisorio del Quijote.

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Con el repunte de un nacionalismo vindicativo a partir de la década de 1910 y durante el franquismo, la valoración de aquellas figuras ―junto a la de destacados exploradores como Núñez de Balboa o Elcano― permitió contrarrestar los tópicos atribuidos a la llamada leyenda negra anticolonial, la de unos conquistadores crueles, indisciplinados y movidos por la codicia y la ambición. Esta labor de vindicación histórica dio lugar a una leyenda aúrea que ensalzaba la colonización española como desinteresada, prudente y sabia, como una obra civilizadora y evangelizadora inspirada por la Corona y protagonizada principalmente por los frailes misioneros. Según este esquema que refutaba las acusaciones formuladas contra España por sus rivales europeos, la colonización española se había inspirado en una legislación humanitaria y precursora de los derechos humanos (las Leyes de Indias) y, mediante figuras como Fray Bartolomé de las Casas, habría velado por la protección de los indios. La figura del monje entregado a la misión de educar a los pueblos “inferiores” condujo a mitificar un proceso que en gran parte obedeció a intereses económicos y geopolíticos. Esta perspectiva panegírica inicialmente prosperó entre los historiadores más conservadores que fraguaron el mito de la Hispanidad ―con Ramiro de Maeztu a su cabeza―. Desde este enfoque, la conquista de América se hizo en nombre de la cruz y España realizó con aquella empresa su destino histórico, difundiendo la fe católica por el mundo y volviéndose el “eje espiritual del mundo hispánico”.

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Dicha lectura mitificada de la conquista, que veía en España la madre de la “Raza hispana”, de una familia iberoamericana alumbradora de pueblos, parecía ignorar la reflexión sobre la catástrofe demográfica y cultural que representó la destrucción de las civilizaciones amerindias. Aunque desde la academia se produjo tempranamente un trabajo crítico mucho más equilibrado, este discurso mítico siguió impregnando las representaciones colectivas sobre el pasado colonial en España hasta el V Centenario de 1992. Dicha conmemoración hizo culminar este imaginario eurocéntrico de una España con vocación americana, pero paradójicamente contribuyó a deconstruir este mismo mito, gracias al viento de polémicas que desató desde Latinoamérica y al eco que tuvieron en la prensa y los medios de comunicación.

David Marcilhacy
(Université Paris-Sorbonne)

Violencia vasca: ¿una memoria sin historia?

Entre los éxitos más notorios del “presentismo” en nuestro país se cuenta la impresión generalizada de que el franquismo se aplicó con especial saña y, sobre todo, desde el inicio contra las llamadas “comunidades históricas”. Basta un recuento mínimamente riguroso para comprobar que esto no fue así (Espinosa, 2009). Sin embargo, la llamada “memoria histórica” acude a relatos construidos ad hoc que respaldan sus presupuestos de partida, porque, como ya advirtiera Todorov (2002), la memoria colectiva no es memoria, sino solo “un discurso que se mueve en el espacio público”.

En el caso del País Vasco ese éxito radica en buena medida en el fuerte y útil sentido de comunidad de que ha hecho gala históricamente la región. A cada conflicto que ha sufrido ha respondido construyendo relatos capaces de reconciliar a la parte más dinámica de su élite mediante una explicación exógena y victimista. Obviando lo que cada uno de ellos ha tenido de contradicción interna, todos han sido reducidos grosso modo a un pertinaz ataque exterior contra una comunidad vasca percibida inmutable, única y unida, pacífica y dedicada a lo suyo. Por no ir más allá de la contemporaneidad –aunque el asunto se remonta a dos o tres siglos antes–, los conflictos civiles entre vascos que ocultó la magnitud de la francesada, de las guerras carlistas, de la última guerra civil y hasta de la “úlcera” terrorista de este pasado medio siglo se han subsumido en la impresión de una agresión reiterada contra un pueblo victimizado (Rivera, 2004). A cada brecha social, los vascos hemos sabido fraguar un relato que oculta la verdad de lo sucedido (la historia) para así restañar las heridas internas, reconciliar a determinadas élites y cuerpos sociales, y derivar hacia otro lado o hacia la nada las responsabilidades (Castells y Rivera, 2015).

Como la llamada “memoria histórica” parece no tener un tiempo más señero que la guerra civil de 1936 y la posterior dictadura franquista, será bueno acudir a esta. No es nueva la apreciación de que el nacionalismo vasco trató desde el principio de presentar aquella como una “guerra nacional”, entre los vascos (republicanos, aunque se obvie) y España (en conjunto, fascista) (Aguilar, 1998). El corolario de esa versión ahistórica sería una interpretación de la represión franquista en el País Vasco en clave de genocidio y su incorporación como otro proceso más en una trayectoria secular de “conflicto” o de confrontación entre España y los vascos (Egaña, 2011; Irujo, 2015).
Semejante ejercicio de tergiversación necesita prescindir y escapar de la historia para así poder afirmar dos falsedades: que no se enfrentaron vascos de uno y otro bando, y que la represión franquista fue aquí singular. Para lo primero se difuminan hechos diversos como la distinta disposición inicial de las fuerzas políticas vascas a defender la República, la masiva entidad del Requeté vasconavarro, los asaltos a barcos-prisión con el consiguiente asesinato de derechistas o la rendición de Santoña. Para lo segundo se opta por no abordar de manera seria la contabilidad de la represión franquista en el lugar. Una contabilidad que, hasta donde sabemos, coloca al País Vasco (sin Navarra) a la cola de ese macabro ranking, solo aventajado por Cataluña (Vega, 2011). Por diversas razones, pero sobre todo por las características de la principal fuerza política vasca progubernamental (el PNV) –sus coincidencias ideológicas con los sublevados: religión, conservadurismo, propiedad, orden–, la represión física fue mucho menor (y se aplicó más contra las izquierdas que contra los nacionalistas), mientras que la económica (multas derivadas de la Ley de Responsabilidades Políticas) o de otro carácter fue notablemente superior a la española. Como dijo el falangista Giménez Caballero en 1937, “las columnas rescatadoras que Dios guía no tenían por qué actuar [en Vizcaya] con el ímpetu justiciero y purificador que en Badajoz o en Málaga”. Aunque se olvida a menudo, la violencia represiva, más que una furia desenfrenada, era sobre todo una estrategia militar criminal que buscaba la desactivación del oponente. De ahí sus variantes, modulaciones y modalidades, y su distinta aplicación conforme a espacios y tiempos diferentes (Gómez Calvo, 2014).

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Solo echando mano de la acomodaticia memoria y renunciando a la historia se puede fraguar un relato unificador de los vascos soportado en el recuerdo del sufrimiento. Siendo diverso, este no permite comparativas. El testimonio de un padre represaliado a su hijo o de un multado puede pesar tanto o más que el miedo de los familiares de los asesinados masivamente. Desde luego es claro que duró más tiempo esta reserva de temor administrada por la dictadura. La victimización personal y colectiva no acude a explicaciones sino a su propia condición, a su esencia. No valen los detalles que pueden emborronar la memoria de la víctima dando cuenta de lo que hizo antes de convertirse en tal o explicando su victimización. Al contrario, la víctima genérica –desde el multado al paseado– siempre tiene razón, como héroe del siglo XX que es (Judt, 2006), y su condición no precisa de más detalles. Para lo que pide, basta y sobra la memoria. El recuerdo del bombardeo de Guernica apuntala la impresión de ese pueblo victimizado y desvanece definitivamente la idea de que hubiera vascos de uno y otro lado.

Todo es puro “presentismo”. En puridad, fue la violencia desatada por la dictadura en el País Vasco en la segunda mitad de la misma la que estableció el axioma de una continuidad y singularidad represiva desde el inicio. Las protestas obreras primero y el mecanismo acción-represión puesto en marcha por ETA después están en la raíz de ese cambio. Desde los años 60 del siglo XX el País Vasco fue escenario privilegiado de la oposición al régimen y, por tanto, de la respuesta violenta de este. Huelgas prolongadas como la de Bandas, estados de excepción reiterados, movilizaciones crecientes y cifras disparadas de detenidos y maltratados en comisarías lo evidencian.

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Incluso puede verse un previo durante el primer franquismo con el que se podría hilar –aunque no se ha hecho o no se ha hecho lo suficiente– una continuidad protagonista por parte del llamado “Pueblo Vasco”. Algunas de sus expresiones serían: una importante represión económica, laboral o de destierros y exilio tras la guerra; un gobierno en el exilio más o menos unido, liderado por el lehendakari Aguirre y con cierta obediencia en el interior; una temprana reorganización de la protesta laboral y política, ya para 1947 y 1951; la limitada adhesión de las élites locales vascas al franquismo, al que usaron más que representaron; el cambio de condición de un desconocido número de tradicionalistas y su paso de “vencedores de la guerra a perdedores de la paz”; una más temprana recuperación económica e industrial, con su consecuencia de protesta sociolaboral; la percepción popular antes que partidaria de la represión, donde se veía a un vasco represaliado y no a un comunista, un nacionalista, un socialista o un activista concreto; el posicionamiento de importantes sectores de la Iglesia católica en la etapa conciliar; y, finalmente, la reactivación de la decaída comunidad nacionalista vasca gracias a la creación de ETA y su conflictiva capacidad para aunar lo nacional y lo social siendo además eficaz en su lucha contra el régimen.

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De manera que la memoria de la represión se habría construido en el tardofranquismo, desde las experiencias de entonces, pero sobredimensionando la percepción de lo ocurrido con anterioridad, incluso en la propia guerra: esa convicción irreal de que los vascos habrían sido especialmente castigados desde siempre.
La cosa no dejaría de ser una anécdota –otro rasgo más de la idiosincrasia vasca– si no estuviera siendo alimentada en las últimas décadas desde ámbitos gubernamentales y sociales, con el objetivo de reiterar esa construcción victimista del “pueblo vasco”, recomponer la comunidad fracturada por la violencia mediante esa común condición sufriente y desvanecer las responsabilidades por lo ocurrido en el último medio siglo de terrorismo. La memoria de la represión del primer franquismo resultaría funcional para justificar lo ocurrido en su segunda parte: el recurso al terrorismo como forma de acción política se vería así como inevitable en razón de la historia inmediata (Arregi, 2015; Fernández Soldevilla, 2015).

La política de memoria pública del Gobierno Vasco nacionalista trabaja en esa dirección: esquiva los riesgos de un conocimiento veraz y se aplica a una constelación de referencias de memoria que apuntalen la idea constante de la victimización del País Vasco para desde ahí saltar a su otro soporte base, la tesis del “conflicto” (Molina, 2015). Ese tránsito es común a toda la «gramática nacionalista» (Alonso, 2007): a los gubernamentales les sirve para desdibujar el carácter etnonacionalista de aquella violencia; para los legitimadores del terrorismo convierte su decisión de matar casi en designio, en destino fatal y, de nuevo, irresponsable. En esa epistemología buscadamente confusa se mezclan sin explicación las víctimas y represaliados que van desde la guerra civil al terrorismo, sorteando tiempos diferentes y etiologías de la victimización encontradas (una víctima del terrorismo o un terrorista convertido a su vez en víctima) (Castells y Rivera, 2017).

“Cuantos más, mejor. Cuantas menos explicaciones del porqué, mejor. Más memoria y menos historia”. Joseba Arregi lo sintetizaba así: “Todo es nada y todos nadie”. Todos víctimas y nadie culpable, también. Por eso el trípode que soporta la política hegemónica de memoria pública –el victimismo colectivo, la teoría del “conflicto” y el consiguiente desvanecimiento de la responsabilidad– viene respaldado por la opinión pública vasca, dispuesta a ver lo ocurrido en este último medio siglo mejor en una pantalla que en un espejo.

Es así como se explica el intercambio de papeles de los diferentes agentes sociales y políticos cuando se trata de identificar el tiempo y proponer políticas públicas de memoria para la guerra civil y el franquismo, por un lado, y para el terrorismo de ETA, por otro. Los que en la Transición apostaron por “echar al olvido” la memoria de la guerra civil y de la dictadura para que esta no deslegitimara para la competición política a los sectores franquistas y se impusiera el bien mayor de la democracia son, sin embargo, partidarios de un recuerdo con vencedores y vencidos en el caso del terrorismo. Al revés, los que frustrados por los resultado de aquella Transición reclaman poco menos que su reversión, asisten al tiempo reciente proponiendo “una página en blanco” desmemoriada para construir el futuro. Los que quieren pasar página de lo inmediato acuden raudos a la memoria de la guerra y la dictadura; quienes toman esas violencias más lejanas como superadas tratan de mantener vivo el recuerdo de lo ocurrido (y de sus víctimas) en los últimos decenios.

En medio, como Cristo entre dos ladrones, el Gobierno Vasco estimula una febril actividad de informes y estudios parciales que no lleven a ninguna conclusión. Prima la intención de sostener un estereotipo de país que expulse del recuerdo a los incómodos (ahora las víctimas del terrorismo) y afronte otra vez el futuro desde la imprecisa y acomodaticia memoria, y no desde la adusta y exigente historia. Una estrategia de conocimiento, entonces, remisa a respaldar ningún gran proyecto de conocimiento histórico de lo ocurrido, ni para la guerra civil, ni para el franquismo, ni para los años del terrorismo. Y, sin embargo, todas esas violencias y sus víctimas, siendo desiguales en sus contextos históricos, precisan de un similar tratamiento que pase por el conocimiento riguroso, por el reconocimiento y dignificación de los damnificados (con expresión de todos sus derechos, materiales y morales), y luego, pero solo luego, por una gestión pública de la memoria y del olvido, como precisa cualquier colectivo y la sociedad en su conjunto.

En ese contexto, el proyecto de investigación “Historia y memoria del terrorismo en el País Vasco” surge de un acuerdo entre el Centro-Memorial de las víctimas del terrorismo y el Instituto de Historia Social “Valentín de Foronda”. Su cometido principal es generar un fondo documental exhaustivo que permita trabajar en el futuro a todo tipo de investigadores, creadores o ciudadanos interesados en esta problemática. Es un reto de gran envergadura, pero posiblemente también la manera de abordar con rigor y profesionalidad estas cuestiones. El tiempo, como siempre, juzgará nuestro trabajo.

Referencias bibliográficas:
• Aguilar, Paloma: “La peculiar evocación de la guerra civil por el nacionalismo vasco”, Cuadernos de Alzate, 18 (1998), pp. 21-40.
• Alonso, Martín: “¿Sifones o vasos comunicantes? La problemática empresa de negar legitimidad a la violencia desde la aserción del ‘conflicto vasco’”, Cuadernos Bakeaz, 80 (2007).
• Arregi, Joseba: El terror de ETA. La narrativa de las víctimas. Madrid: Tecnos, 2015.
• Castells, Luis y Rivera, Antonio: “Las víctimas. Del victimismo construido a las víctimas reales”, en F. Molina y J.A. Pérez (eds.), El peso de la identidad. Mitos y ritos de la historia vasca. Madrid: Marcial Pons, 2015, pp. 265-305.
• Castells, Luis y Rivera, Antonio: “The battle for the past: community, forgetting, democracy”, en Leonisio, R. et alii (eds.), ETA’s Terrorist Campaign. From violence to politics, 1968-2015. London and New York: Routledge, 2017, pp. 184-200.
• Egaña, Iñaki: El franquismo en Euskal Herria. La solución final. Andoain: Txalaparta, 2011.
• Espinosa, Francisco: “Sobre la represión franquista en el País Vasco”, Historia Social, 63 (2009), pp. 58-76.
• Fernández Soldevilla, Gaizka: “Mitos que matan. La narrativa del ‘conflicto vasco’”, Ayer, 98 (2015), pp. 213-240.
• Gómez Calvo, Javier: Matar, purgar, sanar. La represión franquista en Álava. Madrid: Tecnos, 2014.
• Irujo, Xabier: Genocidio en Euskal Herria. 1936-1945. Pamplona: Nabarralde, 2015.
• Judt, Tony: Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Barcelona: Crítica, 2006.
• Molina, Fernando: “El conflicto vasco. Relatos de historia, memoria y nación”, en El peso de la identidad, pp. 181-219.
• Rivera, Antonio: “Cuando la mala historia es peor que la desmemoria (acerca de los mitos de la historia contemporánea vasca)”, El valor de la palabra, 4 (2004), pp. 41-72.
• Todorov, Tzvetan: Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX. Barcelona: Península, 2002.
• Vega Sombría, Santiago: La política del miedo. El papel de la represión en el franquismo. Barcelona: Crítica, 2011.

Antonio Rivera (Universidad del País Vasco; IP Proyecto VIOPOL, Violencia Política)

América en el imaginario de los intelectuales españoles entre la vieja y la nueva España

Las independencias de las colonias americanas fraguadas en las primeras décadas del siglo XIX y las de Cuba y Puerto Rico a finales del mismo hicieron surgir nuevos países, cuyas élites, para afirmar su nueva identidad nacional, recurrieron a un discurso intelectualmente bélico contra la metrópoli. La imagen de “España” en el ideario de estas minorías criollas no distaba mucho de la que Masson de Morvilliers describió en la Enciclopedie Méthodique a finales del siglo XVIII y de la construida como leyenda negra de la Monarquía Hispánica: un país atrasado y bárbaro, preso de las tinieblas de la Inquisición eclesiástica y de una nobleza retardataria.

La pérdida de las colonias americanas fue para los intelectuales españoles del XIX una de las más claras muestras de la decadencia de España o incluso, como expresa Ángel Ganivet en su Idearium español, de una historia que había desviado su rumbo desde que Carlos V fue proclamado emperador “apenas constituida” España “en Nación”, porque “nuestro espíritu –añade Ganivet– se sal[ió] del cauce que le estaba marcado y se derram[ó] por todo el mundo en busca de glorias externas y vanas”.

La conmemoración en 1892 del descubrimiento de América, “maravilloso y sobrehumano acontecimiento” en palabras de Marcelino Menéndez Pelayo, dio lugar a varias iniciativas para estrechar los lazos intelectuales con los países de América. La Real Academia Española encargó al autor montañés una Antología de poetas hispano-americanos. Como otros muchos intelectuales –Miguel de Unamuno es un buen representante–, Menéndez Pelayo destacó la comunidad lingüística que formaban España y los países americanos. Si muchos aspectos de la conquista y de la colonización eran discutibles, la extensión del idioma español en América, desde río Bravo hasta Tierra de Fuego, era un elemento que mostraba la potencialidad de la cultura española, cuya literatura, según afirma Menéndez Pelayo en la introducción, se escribía a ambos lados del Atlántico para cincuenta millones de hispanohablantes. Su interés por la literatura hispanoamericana era grande desde tiempo atrás y mantenía una abundante correspondencia transatlántica. Don Marcelino fue, en general, muy respetado en América, y a su muerte un grupo de emigrantes españoles en Argentina, encabezados por Avelino Gutiérrez, quiso hacerse con su biblioteca, pero, al haber sido ésta donada al Ayuntamiento de Santander, emplearon el dinero recaudado para constituir la Cátedra Menéndez Pelayo, la cual fue inaugurada por Ramón Menéndez Pidal en 1914. Promovida por la Institución Cultural Española, y en estrecha colaboración con la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), fue ocupada sucesivamente por algunos de los intelectuales y científicos españoles más reconocidos como el filósofo José Ortega y Gasset, el matemático Julio Rey Pastor, el economista Luis Olariaga, el fisiólogo August Pi i Sunyer, el físico Blas Cabrera, el filósofo Eugeni D’Ors, el historiador Américo Castro, la pedagoga María de Maeztu, el filósofo Manuel García Morente, y los doctores Gonzalo Rodríguez Lafora, Gustavo Pittaluga, Pío del Río Hortega y Gregorio Marañón, entre otros.

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Precursores de estos viajes fueron los de Rafael Altamira y Adolfo Posada entre 1909 y 1910 a varios países hispanoamericanos con el fin de restablecer las relaciones científicas e intelectuales. Dentro del espíritu de reformismo social y político que inspiraba el krausoinstitucionismo, sus recomendaciones quedaron plasmadas en libros como el de Posada Relaciones científicas con América (Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay), publicado en 1911.

Eran momentos en los que el discurso de Ernest Renan y Edmond Demolins sobre la superioridad de las razas anglosajonas en comparación con las latinas tenía predicamento. Altamira, Posada y luego Ortega empezaron a mostrar en América una España muy distinta de la que el filósofo denominó “oficial”: un país cuyos universitarios habían salido a formarse al extranjero y conocían bien las corrientes científicas de la época. Para las colectividades españolas, esta nueva imagen era un capital simbólico importante en su lucha por el dominio de espacios sociales y políticos en competencia con otras colectividades inmigrantes y con las élites criollas.

Los viajes de los intelectuales españoles sirvieron para intensificar las relaciones con intelectuales americanos y construir redes científicas y literarias, pero no fueron el único mecanismo de imbricación de dichas redes. La prensa, las revistas culturales y científicas y el tráfico editorial de libros entre uno y otro lado del Atlántico fueron también fundamentales. Los diarios y revistas de Hispanoamérica acogieron desde finales del siglo XIX con asiduidad artículos de intelectuales españoles como los citados Altamira, Posada, Ortega, Unamuno, y también Vicente Blasco Ibáñez, Azorín, Ramiro de Maeztu, Francisco Grandmontagne, etc., al tiempo que, aunque en menor medida, intelectuales hispanoamericanos publicaban en los medios españoles y Revista de Occidente recogía textos de Victoria Ocampo, Alfonso Reyes, Pablo Neruda o Jorge Luis Borges. Muchos intelectuales españoles sintieron, en palabras de Ortega, “un afán hacia América”, tierra abierta de posibilidades, pero España sólo podía esperar contar allí si se conseguía, según el filósofo, “estrangular el tópico inepto de la fraternidad hispanoamericana”.

Varios gobiernos hicieron un esfuerzo importante para reconstruir las relaciones intelectuales con América a través de organismos como la JAE o el Centro de Estudios Históricos. Intelectuales como Américo Castro, impulsor de la sección hispanoamericana de este Centro, y Federico de Onís, director del Hispanic Institute de la Columbia University de Nueva York, ejercieron funciones claves. Este último, por ejemplo, fomentó los estudios hispánicos en Estados Unidos y difundió allí la obra de numerosos escritores españoles.

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La labor de los intelectuales liberales por presentar en América una España nueva y establecer relaciones de igual a igual con las comunidades hispanoamericanas se rompió con la quiebra que en tantos aspectos supuso la Guerra Civil. El retorno a una visión imperialista de España, en la línea de las ideas de Menéndez Pelayo, rompió con estos fructíferos precedentes, aunque el exilio sirvió para estrechar lazos por nuevas vías. La Defensa de la Hispanidad de Maeztu se convirtió en referencia con su reivindicación de una “Monarquía misionera” que había propagado la fe e impulsado la civilización católica en las Indias.

Javier Zamora Bonilla
(Universidad Complutense de Madrid)

Una patria mayor: América en la identidad nacional española

América ha ocupado un lugar central en la identidad española a lo largo de la época contemporánea. Esta relevancia se ha basado, al menos, en dos buenas razones. Por una parte, se trataba de reivindicar un pasado glorioso, el del descubrimiento y la conquista de un continente. Lo más grande que había hecho España en su historia, una epopeya que sirvió para fabricar mitos y héroes perdurables: exploradores, guerreros y religiosos. Frente a las sombras arrojadas por la llamada leyenda negra, que presentaba a los españoles como gentes crueles y codiciosas, un relato de desprendimiento, civilización y mestizaje. Por otra parte, permitía concebir España como la cabeza –la hermana mayor o la madre patria—de una inmensa comunidad unida por la cultura, con una mentalidad marcada por la lengua castellana. “Una patria mayor”, en palabras del político Joaquín Sánchez de Toca. Lo cual compensaba, en términos de autoestima, la débil presencia española en el escenario mundial. Esa entidad tuvo diversos nombres: comenzó siendo la Raza, luego se denominó la Hispanidad y acabó el siglo XX transformada en la Comunidad Iberoamericana de Naciones.

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El 12 de octubre como fiesta nacional de los españoles

El día de la fiesta nacional es, por encima de cualquier otra celebración cívica, el momento clave para escenificar el recuerdo y la identificación con un pasado y un proyecto en común de toda comunidad política. Invención del siglo XIX para Estados nacionales en construcción y sometido luego a la rutina y a la renovación continua, suele recordar el origen de las naciones. Las instituciones apelan entonces a la emoción de los ciudadanos mediante referentes culturales, lugares y valores, activados para la ocasión. Con claras intenciones políticas, esos días orientan identidades de pertenencia y la búsqueda de consensos y legitimaciones.

El día nacional de los españoles es el 12 de octubre. Con cierto retraso respecto a otros países europeos y americanos, fue instituido por un gobierno monárquico en 1918 como Día de la Raza. El franquismo lo convirtió en Día de la Hispanidad en 1958 y desde 1987, con una democracia ya consolidada, se considera de forma oficial la Fiesta Nacional de España. Este festejo, singular en el contexto internacional, es uno de los símbolos más longevos y menos inestables del nacionalismo español.

En el caso de España, la fecha no está asociada a un acto fundacional de la nación, como una guerra de independencia, una revolución popular o el aniversario de una Constitución organizadora de un Estado liberal. Como signo excepcional, la celebración del 12 de octubre hace referencia al descubrimiento y la conquista de América como lo más sobresaliente y esencial del relato nacional. El festejo del ser español se sostiene con la proyección americana y la nostalgia del imperio como elementos fundadores de la identidad nacional. En la fiesta se funden además varias versiones del españolismo; ya sea en clave laica o católica, liberal o conservadora, todas sustentan el mito americano como referente unitario del nacionalismo español. El arraigo de la fecha explica asimismo la falta de consenso de otros hitos de la historia de España disponibles para la cohesión social, como podría ser la toma de Granada por los Reyes Católicos, la batalla de Covadonga, el levantamiento del 2 de mayo de 1808 frente al ejército francés, el aniversario de la Constitución de Cádiz o el de la de 1978.

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El 12 de octubre renueva cada año la idea de que la epopeya nacional española trasciende las fronteras territoriales y de que América se incorpora con España a la civilización occidental. Esa dimensión transnacional de la celebración construyó una comunidad internacional imaginada entre Estados y geografías, vinculada a un pasado colonial y con registros culturales comunes como el idioma y la religión. El carácter excepcional y trasnacional de la fecha se confirmó a partir de la I Guerra Mundial, cuando la mayoría de los países de América Latina incorporó el día a sus calendarios festivos. A partir de 1968 lo hizo también Guinea Ecuatorial, como día de su independencia respecto a España. La fecha, por fin, tiene un carácter simbólico para las comunidades de españoles y latinos en el exterior. El festejo condensa la obsesión por la unidad y el reconocimiento de lo hispánico. Además de fiesta nacional española, el día es por tanto un instrumento para la política exterior, las relaciones internacionales y la conformación de identidades transnacionales. Por lo menos, hasta que las Cumbres Iberoamericanas acapararon desde 1991 toda la atención institucional.

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Esos referentes culturales y geográficos múltiples del 12 de octubre cargan de ambigüedad ese símbolo clave del nacionalismo español. Desde el comienzo proliferaron las críticas al contenido, en exceso protocolario y propagandístico, del festejo y a la deficiente identificación popular, pese al apoyo inicial de la sociedad civil vinculada a los emigrantes españoles y al americanismo peninsular. Sin embargo, la fiesta también desplegó protagonistas y escenarios que la enriquecieron con diversos recursos y significados para afirmar identidades nacionales, locales, regionales y supranacionales. Amplios elencos de intelectuales, diplomáticos, empresarios y organismos públicos y privados se implicaron en los festejos y consolidaron el hispanoamericanismo como uno de los ejes centrales del nacionalismo español.

Al servicio del poder y del orgullo nacional, el día acompañó momentos de crisis institucional y de ofensiva diplomática. A lo largo de un casi un siglo, la celebración del 12 de octubre se narró de diferentes maneras y se transformó con la historia de España. Porque lo más significativo es su permanencia en el imaginario nacionalista, aunque haya cambiado de nombre. La fecha sobrevivió a los cambios de regímenes políticos, a una guerra civil, a las diferencias territoriales y a contextos internacionales cambiantes. América fue imaginada para unir a los españoles en torno a las monarquías constitucionales y a la república, a dictaduras y democracias. La fiesta fue parte de la evolución de la nación, del Estado y de la sociedad civil. Y a su vez sirvió para modular identidades nacionales de una España plural y con un territorio diverso. Porque, durante casi todo del siglo XX, se interpretó como un espacio para el reconocimiento de las identidades locales y regionales para configurar tradiciones nacionales. Antes del desarrollo del Estado autonómico, la fiesta fue un elemento aglutinador de regionalismos y nacionalismos periféricos, aun cuando el despliegue por la geografía nacional se orquestara desde Madrid y se imaginase, en grises o a colores, desde las pantallas del cine y la televisión.

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Como símbolo unificador común de los españoles, el 12 de octubre funciona hoy en día como el termómetro del estado de la nación, de su imagen exterior y de su vida política. El simbolismo de la fiesta alimentó especiales polémicas con motivo de las celebraciones del V centenario del descubrimiento de América en 1992, sin dejar de ser un día lleno de expectativas para la vida política de la monarquía parlamentaria. Los debates de la sociedad española se acoplan a la fiesta y España sigue festejando un acontecimiento que coloca su identidad colectiva y su proyección externa en diálogo con el mundo.

Marcela García Sebastiani
Universidad Complutense de Madrid

¿Realmente existió la UCD?

Sí, el título de esta aportación pretende ser hasta cierto punto provocador, pero resulta casi de necesidad distanciarnos del relato único sobre la transición hasta la fecha. Conceptos como ‘transición’ o ‘democracia’ pueden incluso ser susceptibles de críticas llenas de maniqueísmo, cuando la realidad del análisis, como en la vida, está en los matices. Las nuevas generaciones educadas en un régimen democrático reclaman un nuevo discurso sobre su pasado. Y toda generación tiene derecho a escribirlo. Aunque no nos guste. Aunque sacuda conciencias. Por que esa es la finalidad social del debate histórico.

La respuesta es obvia: claro que existió Unión de Centro Democrático, pero el paso del tiempo nos aporta perfiles diferentes. ¿Cómo definir a una organización de partido creada desde las bambalinas del régimen anterior con el propósito manifiesto de servir de ‘instrumento’ para traer la ‘democracia’ y el sistema plural de partidos? Aquel era un objetivo considerado por todos como ‘inevitable’ para salvar la muy duradera –para algunos ‘eterna’- anacronía de una dictadura militar entre la sociedad del bienestar occidental. No fue, en absoluto, una actitud improvisada, sino muy pensada y durante largo tiempo, para intentar acomodar la práctica institucional a la realidad social y económica. No hubo urgencias, sino un proceso pausado. Tanto, que no fue perceptible más que en su final.

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La UCD se creó con la idea de desarrollar el centro político. Todo el mundo conoce que la mejor definición del espacio centrista es el de aquel situado entre las posiciones más reconocidas de izquierda y derecha, sirviendo en la mayoría de los casos de contrapoder moderador. Ese carácter templado, pero al mismo tiempo con imagen de partido moderno fue su marca. Pero carecía de base. El movimiento interno de la organización siempre se caracterizó por ir en una única dirección: de arriba a abajo. Con un programa que tenía un alfa y un omega: la aprobación del consenso constitucional. La UCD era un partido ambiguo. Por cierto, nada ajeno a los enormes cambios que se estaban produciendo en el país entre 1977 y 1982: en UCD había desde sectores pertenecientes a los grupos más reaccionarios del franquismo hasta grupos socialdemócratas. Todos unidos en un amplio contexto social de aprobación de una democracia. Que no se entienda que con esto queremos decir que el proceso fuera fácil, ni mucho menos. Ni tampoco que fuera posible una opción ‘ruptura’, por que a lo mejor dentro de las alternativas de aquel presente tampoco era la que tenía mayores posibilidades reales. Pero en cuanto la UCD cumplió el papel para el que se la predestinó, dejó de ser necesaria. Y con los años, la idea de Suárez se encaminó hacia la vertiente de un centrismo más de orientación socialdemócrata que conservadora.

El control unipersonal de Suárez para arreglar hasta los asuntos más nimios del partido era propio de aquella conducta política en la que había sido educado, pero también la mayor evidencia de que su organización siempre fue un instrumento. No era nada nuevo. Fue reconocido por los mismos protagonistas durante mucho tiempo. También porque el paso de los años y la apertura de nuevos archivos -hasta ahora mayoritariamente de procedencia foránea- permiten apuntar a que el auténtico ‘tapado’ del proceso de transición era un joven sevillano llamado Felipe González. Sus buenas referencias aparecen en los archivos británicos mucho antes que el mismo Adolfo Suárez. A la altura de 1975, con el joven socialista tenían ciertos problemas en cuanto a su encaje: el temor a una radicalización estilo Portugal, la inexistencia de un único partido consolidado en la tradición socialista; el impacto de la imagen de unos socialistas en el poder tras cuarenta años de propaganda franquista que los había bautizado como ‘rojos’; y sobre todo, una rutina de poder y una feroz lucha interna entre familias conservadoras mantenida durante cuatro décadas… La socialdemocracia necesitaba su tiempo. Al principio, el peso de la historia no jugaba a su favor, sino en contra. Había que hacerlo digestible y digerible.

Pero precisamente lo que no había era tiempo. Los llamamientos a la ‘ruptura’ fueron constantes desde buena parte de la oposición. El atentado a Carrero Blanco había acelerado el proceso de búsqueda de un relevo que pudiera enfocar lo ya realizado en ausencia del ‘Caudillo’. Los hechos de Portugal desde 1974 complicaron todavía más la escena política española, pero lo ‘inevitable’ había llegado con la muerte de Franco. Surgió un nuevo líder: Suárez. También joven, aunque con una imagen de mayor madurez, con carisma, capaz de controlar los nuevos recursos de comunicación tras su dirección de RTVE; y sobre todo, capaz de tener unos primeros meses sin críticas por su falta de acción política previa de alto nivel. Virgen para la mayoría del público, pero también influenciable a las presiones de quien lo había colocado en el cargo.

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Este líder, indispensable en un país que acababa de dejar 40 años de liderazgo único, necesitaba una organización. De manera paralela al crecimiento de UCD, el PSOE se iba cimentando con mayor solidez que la organización centrista por todo el Estado, con contenidos de mayor renovación, preparado para dar el segundo empuje socialdemócrata necesario. Al lado, un PCE indispensable en la oposición a la dictadura, pero que como toda la vieja oposición llegaba tarde a la fiesta, tanto por la duración del exilio como por esa progresiva interiorización en forma de ‘lluvia fina’ de la idea de la ‘reconciliación nacional’.

La estructura inicial de UCD fue auspiciada básicamente con dinero no procedente de donaciones populares o de cuotas de afiliados, sino desde, para y por responsables institucionales. Y su equipo se nutrió de dos perfiles básicos: técnicos de la administración intermedia capaces de llevar adelante procesos complejos sin experiencia política previa, y la presencia necesaria de los resortes del poder local y provincial –no necesariamente vinculado a las instituciones-.

Lo cierto es que el régimen constitucional del 78 fue enfocado desde sus inicios por cuadros formados en los años finales del franquismo. Era necesario llevar adelante esta hoja de ruta y desactivar buena parte de los peligros. Contrariamente a lo que cabe suponer, el período entre 1975 y 1982 se caracterizó más por ser una etapa de desmovilización que lo contrario. Los procesos de ‘ruptura democrática’ no eran los únicos en aquellos años que preocupaban. Uno de los pilares del régimen, el Ejército, tenía entre sus filas a mandos que de manera muy difícil entendían lo que significaba la homologación democrática occidental. Algunos la acataban. Otros hacían declaraciones altisonantes. Pero era algo para lo que muchos no se encontraban preparados. Podemos discutir si el proceso de ‘involución’ fue de mayor o menor peligro que el de desborde ‘revolucionario’, pero desde luego la asonada militar se había convertido en estos años en una especie de ‘espada de Damocles’ permanente. El 23F fue una de sus expresiones.

EL SECRETARIO GENERAL DE ALIANZA POPULAR, MANUEL FRAGA IRIBARNE, SALUDA AL PRESIDENTE DEL GOBIERNO, ADOLFO SUÁREZ, DESPUÉS DE LA FIRMA DEL DOCUMENTO ECONÓMICO EN EL PALACIO DE LA MONCLOA

Baqueteado por todos los lados, muchas veces sin red, dando palos de ciego en torno al proceso de construcción democrática, el camino de UCD se encontró marcado por su origen en torno a la diversidad de familias políticas. Una de las cuestiones más relevantes es que no fue capaz de encontrar argamasa política para aglutinarlas más allá de la referencia al líder. ¿O nunca se quiso realmente? Suárez: principio y fin. UCD era el referente de estabilidad al que buena parte de esta sociedad –que tenía un pasado, cabe recordar- se agarraba. Era lo que dotaba de seguridad al cambio realizado. Indispensable sí, pero también condenado a quemarse en beneficio del bien colectivo. Tras aprobar la Constitución y desarrollar buena parte de su articulado en una primera e incipiente estructura de Estado, su función había acabado. Así se entendió no sólo por buena parte de los votantes sino también por los protagonistas. Algunos acabaron siguiendo a su líder, caído en desgracia por intentar llevar adelante su propia propuesta, distinta parcialmente de la que le habían encomendado; otros desembarcaron en masa en la constantemente pretendida ‘mayoría natural’ de Manuel Fraga. UCD se disolvió en poco tiempo. Menos del que había costado crearla.
¿Fue un sueño? ¿Existió la UCD como tal partido o resulta indispensable su presencia para que encaje el relato que nos han contado durante décadas? Detrás del origen de esta democracia tenemos una intencionada anulación del pasado asumida por numerosos sectores. Borrón y cuenta nueva con la Ley de Amnistía. En el fondo se continúa con otra imagen el imaginario franquista respecto del pasado: la democracia republicana se anula para no que interfiera en el presente. El lustro republicano se traduce como desorden y se sustituye por la palabra mágica de las sociedades occidentales tras la Segunda Guerra Mundial: ‘consenso’. No se puede esperar más tiempo a vernos reflejados en las pupilas de Clío. Ya hemos llegado tarde a la explicación de la Segunda República, de la Guerra Civil y a punto de no ser capaces de explicar en su enorme paleta de colores el franquismo. Cuarenta años después de la muerte de Franco, comienzan a asomar nuevas interpretaciones del proceso de la llegada de la democracia a España. Que nos harán pensar. Que intentarán remover conciencias de aquellos que lo vivieron y también de los que no. En busca del debate. Del diálogo.

Emilio Grandío Seoane
Departamento de Historia Contemporánea e de América. Universidade de Santiago de Compostela

Artículo publicado originalmente en Beerderberg.